No es Chávez, ni Correa, ni Cristina: es Evo

por Administrador

“Aunque la retórica de Evo Morales en los foros internacionales sea parecida a la de otros presidentes de la Unasur, lo cierto es que su proyecto es radicalmente distinto. La economía boliviana crece, las cuentas están en orden y la inflación controlada…”

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Política Internacional

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Columna de Joaquín García Huidobro 20 de abr. de 2014.

La mirada chilena a Bolivia suele pecar de simplista. Para nosotros, el problema marítimo no es más que un recurso que emplean los gobiernos de ese país cuando están en problemas y necesitan distraer la atención pública. La presentación en La Haya de esta semana se explicaría por el deseo de Evo de ser reelecto en octubre. Además, como el resto de los presidentes de Unasur, es un populista, lo que explicaría sus extravagantes pretensiones.

Estas explicaciones tienen un grave inconveniente: son falsas. Con o sin demanda, nadie duda de que Evo Morales será reelegido, al menos por dos razones que, sumadas, transforman a un político en imbatible: es muy querido por su pueblo y en general ha sido un buen presidente. Otros hablarán de los aspectos jurídicos de la demanda. A mí me interesa mostrar el fenómeno político de Evo Morales, que ha pasado inadvertido a buena parte de los chilenos, lo que nos puede deparar algunas amargas sorpresas.

Lo que Evo no es

Evo no es Chávez ni Maduro. Es un hombre acostumbrado a la austeridad, que mantiene las cuentas de su país en perfecto orden. Bolivia es un país pobre, pero está progresando a buen ritmo. De hecho la extrema pobreza se redujo a la mitad entre 1999 y 2011. No ha endeudado al país, no ha aumentado la inflación, se ha creado mucho empleo, y ha multiplicado por tres el presupuesto para las universidades. En el campo político, la oposición puede expresarse libremente. A diferencia de Venezuela, Evo logró desarticular unas presuntas pretensiones independentistas de Santa Cruz con astucia política, sin recurrir a los apaleos, las prisiones arbitrarias o las torturas (en el peor de los casos se le podría imputar la muerte de tres supuestos terroristas de derecha, en un episodio que todavía no se ha clarificado por completo).

Su relación con el chavismo es sencillamente genial. Recibió millones de petrodólares y un buen número de asesores. El dinero lo gastó en obras públicas; a los asesores los escuchó, pero no les hizo el menor caso, tanto que al final volvieron a Caracas. En los foros internacionales mantiene una retórica chavista, pero en casa hace todo lo contrario. Astucia altiplánica.

Evo no es Correa. En Bolivia todavía hay prensa libre. Basta con leer “Página Siete” para ver que se puede criticar a los gobernantes sin temer demandas o la asfixia económica. El régimen ha dado algunos pasos preocupantes, pero no está al nivel de Ecuador, como algunos pretenden hacernos creer.

Evo no es Cristina. La oposición le critica el elevado gasto público, pero omite dos detalles importantes: el primero es que, por el auge de los precios de las materias primas, el Estado ha incrementado sus ingresos de manera exponencial, de modo que, a diferencia de la Sra. K, no está gastando dineros que no tiene. El segundo matiz que hay que hacer es aún más importante: Evo no gasta el dinero fiscal en subsidios para desempleados sino en obras públicas que están a la vista de todos.

También es interesante la forma de gastar los dineros que recauda el Estado, pues no lo hace de manera centralizada, sino que, tomando una idea de los gobiernos neoliberales, les entrega grandes recursos a las comunidades. Este sistema tiene muchas ventajas: disminuye la corrupción, ya que esas comunidades están ligadas por vínculos familiares y de vecindad, y permite atender necesidades muy variadas en un país que tiene tal diversidad que resulta utópico administrarlo de manera completamente centralizada.

¿Qué es Evo?

La derecha boliviana todavía se pregunta qué pasó, por qué perdió el poder. Todos los números indicaban que Sánchez de Lozada había hecho un buen gobierno, pero en las elecciones de 2005 un campesino indígena sacó el 54% de los votos, contra todas las encuestas.

Evo supo interpretar en el momento preciso el flujo de la historia boliviana. No se trata sólo de la reivindicación de lo indígena, en un país donde hace cien años a los indios ni siquiera se les permitía entrar al centro de La Paz. Morales supo ver que la apuesta tradicional de la izquierda boliviana, que ponía sus esperanzas en los obreros, no era aplicable a un país eminentemente campesino. Evo representa al mundo rural, que está no solo en el altiplano, sino que compone un enorme porcentaje de la población urbana, a través de los inmigrantes.

Su postura no es la propia de la izquierda lastimera y quejumbrosa, típica de otras naciones latinoamericanas. Él le ha devuelto la dignidad al indio, al campesino. Ha reivindicado el pasado, incluida la justicia comunitaria tradicional. A diferencia de otros países, hoy en Bolivia constituye un motivo de orgullo el ser aimara o pertenecer a las demás etnias originarias.

Una de las características de su estilo de gobierno es la cercanía a la gente y su capacidad de trabajo. A las 5 de la mañana ya está en el Palacio Quemado, pero una vez que ha despachado los asuntos del día parte a terreno. Llega a los lugares más recónditos y casi no hay boliviano que no pueda decir: “yo lo vi”, “yo saludé al Presidente”.

Escribir con las dos manos

Un sociólogo boliviano de izquierda decía: “nosotros hemos aprendido que el enfrentamiento frontal con los sistemas dominantes sólo lleva a la derrota, por eso hemos desarrollado la capacidad de escribir con ambas manos: una representa la lógica de la identidad, la otra es la lógica del mundo moderno”.

Escribir con ambas manos: esta parece ser la clave del fenómeno Morales. Su discurso tiene elementos de marxismo, pero dudo que haya un lugar donde la economía de mercado funcione de manera más pura que en El Alto, la ciudad vecina a La Paz, que con sus 850.000 habitantes tiene 11.000 pymes y constituye toda ella un mercado en permanente actividad. Pero no es el mercado de los liberales, compuesto por individuos aislados, carentes de vínculos de solidaridad. Es un mercado comunitario. El Alto es un notable ejemplo de autoorganización, donde las juntas de vecinos y otras agrupaciones comunitarias tienen un enorme poder, un poder tan grande que hizo trizas el predominio neoliberal y llevó a Evo Morales al Palacio Quemado.

El sincretismo se ve en su modo de entender la economía, la religión y el mundo. No se le ocurre estatizar todo, pero el Estado controla ciertas áreas estratégicas; hay muchas empresas extranjeras, pero les ha exigido condiciones muy favorables para el país. Gran parte de los adherentes al MAS, su partido, son católicos, pero no tienen inconveniente alguno para hacer ofrendas a la tierra e invocar a sus dioses ancestrales. No por casualidad casi todos los bolivianos son bilingües, lo que calza muy bien con esta habilidad para tocar en dos registros.

El “Evosistema” tiene, sin embargo, algunos puntos débiles. Está concebido por y para el altiplano, por lo que excluye al resto del país. En su discurso se aprecian ciertos componentes que podrían ser calificados de racistas. Su control de la judicatura es total. La justicia comunitaria, que tanto ha impulsado, puede ser muy peligrosa. Es frecuente ver en El Alto y otras localidades letreros que dicen cosas como “Ladrón pillado será colgado”. Esto puede ser muy eficaz, de hecho permitió que el país siguiera funcionando a pesar de una huelga policial que se prolongó por un mes, pero resulta difícilmente conciliable con las exigencias de la dignidad humana. También se aprecia un creciente culto a la personalidad y un exagerado antichilenismo.

En materia de salud no ha conseguido elevar significativamente la cobertura ni la calidad; en educación, sus aliados trotskistas manejan la educación pública; es implacable con sus adversarios políticos, a quienes paraliza con juicios de toda índole. No construye una democracia, pero tampoco la destruye: no es un tirano.

Todo esto nos muestra un panorama muy complejo, pero los chilenos haríamos bien al tomar nota de él. En efecto, nuestra contraparte en el nuevo caso ante La Haya no tiene nada que ver con la imagen que nos hemos formado de ella; es un país que está creciendo y que ha adquirido una peculiar conciencia de su identidad. Hoy reivindica una salida al mar no por razones electorales o económicas, sino como parte de un proceso más profundo, que puede definirse como un intento de encontrar un camino propio que ponga fin a dos siglos de inestabilidad.

 

Columna de Joaquín García Huidobro en Blogs de El Mercurio

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