En búsqueda de experiencias comunes: Aproximación a la filosofía de Humberto Giannini

por Administrador

El pensador chileno Humberto Giannini (1927), en parte considerable de su obra, se ha dado a la tarea de buscar experiencias humanas comunes. Ha indagado por el soporte –quizá podríamos decir la substancia- donde ellas se nutren y vinculan. Ha observado las acciones individuales para desentrañar el subsuelo en que se apoyan y que habitualmente pasan desapercibidas. “Lo banal, lo insignificante –afirma Giannini-, posee por lo general un fondo significativo: sedimento de experiencias sepultadas ‘en vida’, removidas o esencialmente remotas, en cuanto la conciencia individual presente no reconoce ni asume como suyas. Y que, sin embargo, operan al amparo de esa conciencia desadvertida y echan sus raíces hasta el fondo de ella”[1].

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gianini

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Por Francisco Roco Godoy

Usando aquellas viejas voces castellanas tan caras a Ortega y sus seguidores, se puede decir que Giannini transita desde el mundo de los primeros planos, de patencias, de lo fenoménico, hacia lo latente, a aquello que no salta a la vista, pero que se revela a la mirada morosa y amorosa, mostrando su potente riqueza. Pertenece nuestro pensador a la estirpe de los ‘amigos de mirar’, la nominación platónica para los filósofos, porque son ellos quienes escudriñan en lo culturalmente inadvertido aunque se transfiere día a día de modo invisible y que suele mostrarse ante un quiebre o en situación de ruptura.

            En este breve comentario se  describen tres vías que recorre el filósofo chileno con ese fin. No nos anima el afán erudito que procura la acotación del tema -de ahí que se evitan las digresiones innecesarias. Se privilegia la continuidad de las ideas con el objeto de captar las directrices de su pensamiento. Creemos que vale la pena este ejercicio intelectual puesto que los descubrimientos de nuestro coterráneo evidencian la continuidad del pensamiento filosófico, no sólo en cuanto a sus temas y métodos, sino sobre todo en la misma alteridad. En sus escritos, se advierte el carácter profundamente histórico del filosofar, ya sea por su  condición arcaica -de permanente retorno a los arjai– y por su carácter futurizo, proyectivo y  renovador. Giannini indaga por lo humano universal, pero el punto de partida es la condición latinoamericana y, más aún, su particular perspectiva chilena.

            Pues bien, las tres vías aludidas son distinciones metodológicas nuestras, escogidas en virtud del afán de claridad. En la obra del filósofo no se plantean de manera  autónoma. Aparecen en libros y tiempos diferentes por lo que puede reconocerse cierta independencia, pero analizadas en conjunto muestran más bien unidad. En rigor, son  sendas que se encaminan a un mismo fin.

            En uno de sus libros más importantes: La “Reflexión” Cotidiana,  subtítulado Hacia una arqueología de la experiencia (1987), anuncia y pone en práctica el método arqueológico; esto es, una investigación que se pregunta por los principios, el subsuelo de la realidad. El término “arqueológico” es usado aquí, tanto en su sentido etimológico, como en un sentido simbólico-histórico: es “la vía –dice Giannini- que conduce a cosas soterradas en el tiempo, invisibles para una conciencia”[2]. Obviamente su búsqueda se encamina a develar no el subsuelo –al menos en principio- de la experiencia individual, sino “hacia el subsuelo de una experiencia común”[3]. Se procura visibilizar aquello que por su rango de frecuencia permanente termina mimetizándose  en la maraña de trámites y urgencias que demanda el cotidiano vivir y que, por lo mismo, terminan desapareciendo del horizonte visual.

El substratum lingüístico

            La aproximación inicial hacia esa experiencia la constituyó su indagación acerca del lenguaje, del habla, de la comunicación. En el primer trabajo que le conocemos, Metafísica del Lenguaje, publicado en 1962, en el Nº 125 de los Anales de la Universidad de Chile[4] y que es copia de sus tesis de Licenciatura, enumera Giannini los puntos centrales de lo que será su posterior filosofía. Señala en uno de ellos que “se discute en este ensayo la tesis que postula una adecuación del pensamiento a la cosa. El ‘pensamiento’–afirma- debe ser ‘puesto’ como pensamiento, es decir, como proposición; en la palabra y por ella se despliega y temporaliza y se reconoce, extrañándose. Hablando, la interioridad, recogida en un centro significativo intemporal, se descongestiona en el tiempo; escuchando, la palabra desata sus sentidos y hasta su mismo ser físico queda transfigurado y ajeno al tiempo (…) El lenguaje es lenguaje del ser y del espíritu, existencia objetiva y subjetiva, creación y descubrimiento a la vez”[5].

            Estas ideas, en que resuenan ecos del pensamiento heideggeriano y que Giannini no desconoce, se articulan posteriormente con otras potentes voces del pasado que, a través de su tamiz intelectual, van tejiendo su propia filosofía. En 1981, publica Desde las Palabras, libro compuesto por distintos ensayos donde, a nuestro entender, destaca “Sobre la rectitud de los nombres”, excelente interpretación del Cratilo de Platón. Los tanteos “metafísicos” respecto del lenguaje -no obstante su gran valor en tanto exégesis de algunas posiciones clásicas-, van adquiriendo, paulatinamente, gran originalidad, como se advierte en La Experiencia Moral, libro publicado en 1992 y cuya evidente madurez se patentiza en Del bien que se espera y del bien que se debe, de 1997[6]; aunque no deben olvidarse las sendas páginas que dedica al tema en La “Reflexión” Cotidiana.

            Lo que en principio pudieron ser devaneos intelectuales de quien hace de la reflexión  “orgía perpetua”, según la expresión de Vargas Llosa respecto de la pasión por escribir, comienza a afincar en la trágica realidad chilena de los años setenta y ochenta, y que desgraciadamente comparten casi todos los países latinoamericanos: las crisis político-económicas y la asunción al poder de las dictaduras militares.

Un bien esperable

El quiebre de la vida democrática es, entre otros, efecto de la ruptura del diálogo y de una deficiente comunicación,en su nivel relacional, lo que genera a su vez un evidente conflicto moral (y jurídico). El conflicto moral es, según Giannini, un conflicto de interpretaciones (de hechos y palabras) entre sujetos y en un espacio civil. De entre las múltiples trans-acciones que implica vivir, muchas entrechocan a causa de los distintos intereses que las mueven ya “en el fabricar, en el adquirir, en el hacer esto o aquello”[7]. Se cruzan antológicamente las individualidades por conflictos de intenciones, intereses o interpretaciones. El ser-con –es decir, la convivencia-  expone a cada uno ante los demás, quienes miden los actos y omisiones a partir de los parámetros sociales culturales  individualmente aceptados. “Se vive juzgando y enjuiciando (…) –dice Giannini. El prójimo mide lo que somos por lo que debiéramos ser, según normas y significados que en el espacio civil son más implícitos que manifiestos”[8]. Cada acción del ser es valorada (enjuiciada) desde el prisma del deber. Como suelen importar los demás, ante el cuestionamiento y crítica que se recibe por un acto indebido, y en el deseo de restituir el cauce “normal” de la relación a fin de reparar el conflicto, el enjuiciado justifica su acto transgresor. Es decir, toda acción considerada deficiente desde la perspectiva de lo esperable es criticada y  mientras no sea  excusada no se repara el conflicto ni se restablece el vínculo. El principio rector del diálogo entre los convivientes es la restitución de la norma “correcta”, de la “verdad” o de la eficacia práctica.

            El supuesto desde el cual elabora Giannini esta idea, es que hay un espacio civil donde acontecen múltiples relaciones de infinitos tipos. Mientras cada cual se vincula con los demás de acuerdo a lo esperado; esto es, en virtud de normas no escritas instaladas en el “inconsciente colectivo” y aprendidas a la par con el uso de la lengua, no hay conflicto. El conflicto surge con al transgresión –digamos cuando triunfa el mal por sobre el bien o el abuso sobre el uso-; sólo en ese momento se torna visible la norma moral. Su existencia se patentiza a través del quiebre. El diálogo no siempre consigue reencauzar la relación a su “normalidad”, muchas veces las partes se enfrascan en discusiones; esto es, se recurre al uso de la palabra como instrumento de poder o arma de combate para ganar, para defender la (o mi) verdad, y en ningún caso reconocer ni valorar la perspectiva ajena.

            Esta primera aproximación hacia la búsqueda de una experiencia común enseña que hay un mundo que se constituye por la palabra. Existe un espacio de significaciones compartidas que permite una convivencia que garantiza al menos el reconocimiento de quienes pertenecen a él. Su forma menos transgresora es la conversación que se realiza, simplemente, por el placer de sí misma. “Conversar es acoger –sostiene Giannini. Un modo de la hospitalidad humana”[9]. En esta filosofía, el diálogo, respecto de la conversación y la información, es transgresión. Todo vínculo comunicacional lingüístico sólo es posible desde el espacio de significaciones compartidas y que se aprende en el seno de la vida social, nunca en el aislamiento como quien estudia un diccionario. La apropiación del código que es el lenguajees una suerte de traspaso generacional, histórico, mental, valórico, etc., que es la herencia cultural que se revela a veces como patria (grande o chica), o tribu o comunidad (u otro contexto social humano del cual nos sentimos parte). De este espacio deviene, además, la conciencia de los actos morales y, sobre todo, inmorales. No obstante su carácter comunitario, acontecen en él vínculos y acciones de dulce y agraz. Precisamente, es la carencia, la falta, la trasgresión la que torna evidente lo que debiera ser. Es decir, el valor de lo moral se percibe frecuentemente como “lo faltante”. Es al amigo (y no al enemigo) a quien se le reprocha, por ejemplo, la falta de solidaridad; a la pareja (en un espacio monogámico), la infidelidad; al policía, la deshonestidad; al profesor, la mentira; etc.

Escribe Giannini, en 1987, en momentos que comienzan a conocerse detalles de las cruentas acciones de la dictadura militar chilena: “interesa hoy como nunca la cuestión dramática de la convivencia, y de ahí, directamente, a una filosofía política y a una teoría de la democracia”[10]. Es decir, es el diálogo y la convivencia quienes devienen finalmente en teoría y en democracia. La generalización política es letra muerta si no considera la base que es la vivencia común. Por lo tanto, entre más extrema y cruenta la ruptura más urgente y apremiante la restitución.

Topología de lo cotidiano

            La segunda vía aludida en búsqueda de experiencias comunes es la indagación topológica; esto es, el examen del espacio en que se desenvuelve la vida en su quehacer cotidiano. A diferencia del “espacio civil” aludido anteriormente, que refiere las convicciones y creencias que fundan la convivencia; el espacio ahora destacado enfatiza el contexto, el escenario en que acontece la vida humana. No obstante esta diferenciación, sus límites son difusos y se distinguen más por afanes interpretativos que por distanciamiento real.

            La cotidianidad es un modo de ser del humano, una categoría que se reitera silenciosamente y que día a día ahonda sobre sí misma. Cotidiano –dice Giannini- “es lo que pasa todos los días (…), es lo que pasa cuando no pasa nada”[11]. En la cotidianeidad la vida se hace rutinaria. Rutina y cotidiano no son exactamente lo mismo. La rutina –que deriva de ruta- es el movimiento rotatorio que regresa siempre sobre sí mismo, que vuelve a su punto de origen. Topográficamente hablando, entonces, hay que decir que el acontecer cotidiano humano es un ciclo, que tiene un carácter reiterativo y circular. Así, la vida de todos los días se mueve entre dos polos: domicilio y trabajo, a través de la ruta, de la calle. La rotación es: domicilio-calle-trabajo-calle-domicilio…- y así sucesiva y eternamente, mientras no surja un acontecimiento de tal radicalidad que modifique de plano lo asumido como “normalidad”.

            El domicilio no debe asociarse sólo a nuestras imágenes tradicionales de convivencia familiar. “Ser-domiciliado –sostiene el filósofo-, lo es el hombre cavernario, de Platón, lo es el anacoreta (…), el mendigo que se guarece bajo los puentes; el nómade, con su tienda ambulante; el universitario de provincia que vive en pensión; la asilada, en el prostíbulo; el conscripto, en el cuartel”[12]. Más adelante sostiene que el “domicilio representa muchísimo más que un espacio cerrado en el que la bestia o el hombre se guarecen de las inclemencias del tiempo o de la codicia de sus enemigos (…) Cuando traspaso el biombo, o la cortina que me separa del mundo público; cuando me descalzo y me voy despojando de imposiciones y máscaras, abandonándome a la intimidad del amor, del sueño o del ensueño, entonces, cumplo el acto más simple y real de un regreso a mí mismo…”[13]. El domicilio, entonces, representa el regreso a sí mismo y es en ese espacio donde se construye en gran medida la propia identidad. No es, en rigor, simplemente un espacio físico: es mi espacio, es aquel lugar en que se abandona –aunque momentáneamente- la condición de ser “para otros”, sean clientes, pacientes, pasajeros, estudiantes, etc. y comienza el retorno (la re-flexión) hacia sí mismo. Es este entorno inmediato y familiar el que permite el reintegro a la realidad para contar con ella o seguir contando con ella, o saber a qué atenerse respecto de ella. Según Giannini es la condición domiciliaria el fundamento de lo humano y no el “yo” (puro) del idealismo ni el ser-en-el-mundo de las filosofías de la existencia. En rigor, el humano no está en el mundo, sino en aquella porción del espacio que es  el domicilio y desde él comienza su mundanización. El “yo” a la manera idealista es abstracción –y, por lo tanto, acto secundario- respecto del retorno a sí domiciliario. Esto es posible (claro está) por la mediación del lenguaje informativo, que procura mantener el orden y estado de las cosas.

            Sin embargo, en el domicilio hace frío, se siente hambre, apremian urgencias que  no puede satisfacer, por lo que hay que abandonar la vida muelle de la intimidad para  internarse en el espacio externo. Hay que buscar el alimento, la leña, la compañera y la lucha por lograrlo o arrebatarlo. Comienza el éxodo del paraíso. Afirma Giannini: “mientras que el domicilio representaba un inmediato estar disponible para mí, un espacio vuelto permanentemente a mis requerimientos, con objetos a la mano para mi uso y mi goce personales, el trabajo representa el lugar de mi disponibilidad para lo Otro: disponibilidad para la máquina que debo hacer producir para el patrón, para el jefe, para la clientela; disponibilidad para el auditorio, para el consumidor”[14]. En el trabajo la comunicación se torna vertical, jerarquizada, competitiva; el patrón, el cliente, el público “siempre tienen la razón”. En el oficio hay que mostrarse, demostrar lo mejor de sí, sobresalir y aventajar a los otros, manifestar liderazgo. El lenguaje que se maneja en este espacio es básicamente técnico, informativo, operacional; cualquier otra forma de comunicación se juzga allí como un acto transgresor.

            El punto de unión de los extremos domicilio-trabajo, es la calle, un espacio ocasional de convergencia y apertura, lugar de exposición de aquello que a los transeúntes pudiera interesar: ropas, diversiones, comidas; todo exhibido en ornamentadas vitrinas y mediante seductoras propagandas. Pero la calle es, además, un lugar de libertad, de expresión pública; es por antonomasia el área de la opinión pública. Parte considerable de las conquistas sociales han sido ganadas en la calle. Ella es comunicación en el sentido de ser espacio de  encuentro entre quienes deambulan ocupados y preocupados por sus propios asuntos.

            Domicilio, calle y trabajo no agotan, sin embargo, la cotidianidad de la vida humana. También hay el espacio y el tiempo para la transgresión. Ésta no tiene el carácter de ruptura al que antes se aludía en relación con el tema moral. Si bien, por una razón especial, saca al individuo de su ruta habitual (lo “descoloca”), ha sido incorporada a los lugares que cuentan con aceptación social. Además, ella tiende a reintegrarse a la estructura vital a la que pertenece, hasta llegar constituirse en norma. En este sentido, la transgresión referida no tiene connotación negativa ni disruptiva; al contrario, suele colaborar positivamente en el rescate del tiempo, de usos y seres dispersos que  han caído en el olvido y que es necesario traer a presencia. “Para hacernos una idea de esto –afirma Giannini-, pensemos que  la conmemoración –la fiesta, en el sentido más propio- es transgresión de ese tiempo lineal de la rutina (…) Y que, sin embargo, posee este rasgo esencial: se conmemora lo que fue –se le rescata- a fin de que en cierto sentido siga siendo. Muerte y resurrección cíclicas de los dioses y en el alma de los festejantes. En la fiesta se quiebra, pues, un tiempo que es continua pérdida de sí en lo indeterminado (…), a fin de rescatar otro, digno de rememorarse. / Igualmente, es transgresión (…) el rescate ontológico que cumple el artista (…) dignificando las cosas, las palabras, los instrumentos, rescatándonos de la esclavitud a un tiempo y a un espacio funcionales”[15].

            Históricamente, en el mundo latinoamericano ha habido dos espacios que rompen la rutina: la plaza y el bar.

            La plaza ha sido desde siempre un lugar esencialmente “re-flexivo”, en varios sentidos. En primer lugar, por ella y en ella la comunidad periódicamente se congrega o converge a propósito de lo que pudiera importar a la experiencia común: lo político, religioso, bélico, etc. Además, en torno a ella se  han levantado las instituciones que han permitido que los ciudadanos mantengan un trato directo o indirecto con sus conciudadanos. “La plaza sudamericana tiene, además –comenta nuestro pensador-, el privilegio de ser ‘reflexiva’ en el sentido de que por ella –en virtud de ella- el individuo puede ‘salirse’ del tiempo lineal dominante en la calle y en el trabajo, detener su camino y, en la pausa de un breve descanso, poner las cosas a distancia, llegarlas a poner incluso en ‘su punto de partida’ (…). Este salirse de la mundanidad del tiempo (tiempo funcional), flexionándolo sobre sí mismo a fin de que no se pierda totalmente por sus extremos. Es auténtica reflexión”[16].

            No se puede negar, claro está, que en la actualidad han comenzado a desaparecer muchos espacios tradicionales como la vieja plaza provinciana chilena (y latinoamericana). El “encuentro en la plaza” para la cita de amor, en los domingos, después de misa, ha quedado como recuerdo en la memoria de los más viejos y en algunos libros que rememoran los usos de antaño. No obstante, su función se ha trasladado a otros  lugares que son sus sucedáneos: el Mall, el paseo peatonal, el pub. (Quizá su quiebre más radical lo constituyan las redes virtuales de comunicación: el chat, el correo electrónico, las redes sociales, por cuanto en ellas no hay comunicación cara a cara).

            No menos importante que la plaza, en cuanto ruptura de la cotidianeidad, es el bar. Él distrae de la ruta y atrae a sus visitantes hacia un espacio en que desaparece el tiempo funcional, el tiempo de los relojes. Prima un tiempo cualitativo, indivisible, que sólo puede ser medido por la cualidad íntima que lo genera. Dentro del bar el tiempo es medido por las acciones: “nos conversamos tres botellas de vino”, por ejemplo. El carácter dialogal, confesional que anima a los contertulios otorga al lugar la ambientación íntima para quienes quieren conservar su anonimato. “La estructura del bar y de su naturaleza –dice  Giannini-  recuerdan muy directamente la experiencia religiosa de la confesión. Y es aquí donde la analogía entre templo ‘de la conversación’ e iglesia parece ganar cierta profundidad (…) Lo que ocurre en el bar es un cierto estado de comunión. O, visto desde la perspectiva de ‘las transgresiones en el lenguaje’, representa una comunicación que anhela ser esencialmente comunión. Éste, el punto clave”[17].

            En el bar desaparecen las comunicaciones jerárquicas verticales y las horizontales competitivas, allí son todos uno. El jefe y sus empleados son personas y quizá amigos que comparten la experiencia común de la humanidad. Por eso prima la relación existencial que rompe la capa de pudor social, sintiéndose prójimos capaces de testimoniar sus más íntimas intimidades.

            Afirma nuestro filósofo que “es un hecho que nosotros, ciudadanos de estas ciudades del sureste de América, en el trayecto diario de nuestra ruta trabajo-domicilio así como en el trayecto largo de nuestra historia personal, nos encontramos con la realidad del bar: una realidad-tropiezo en la ruta habitual, una realidad transgresora a las normas del trabajo, del domicilio e incluso, a las de la vía pública.

            “¿Cuál es el significado de esta realidad transgresora?

            “Abrir fuera del espacio y del tiempo mundanos, la posibilidad (…) de que la comunicación que se arrastra se vuelva comunión. Intentar de cualquier modo, sacar fuera, hacer común, esa intimidad que sofocada nos arrincona en el mundo como una colección de soledades afanadas.

            “Un examen de la vida cotidiana, no abstracto, no desde cualquier punto del mundo, sino desde aquí, desde la ciudad en la que el investigador vive [digamos San Bernardo, Santiago, Valparaíso o La Serena], no debiera (…) pasar por alto esta posibilidad –el bar- que está a la orilla de su camino habitual de regreso cotidiano al tranquilo Sí mismo domiciliario. Y que puede conmoverlo todo”[18].

Cronología de lo cotidiano

            Aparejada a la reflexión topológica se despliega la meditación acerca de la cronología de lo cotidiano, destinada a desentrañar el sentido de la temporalidad humana y su vínculo con lo cósmico. La humana, lineal y dispersa; la cósmica, en permanente retorno al principio. Ambas, sin embargo, constituyen el subsuelo temporal del acontecer humano. “Acordar la una es, platónicamente, el principio, la condición, para  recordar la otra”, comenta Giannini. Sólo es posible acordar el tiempo civil en tanto el hecho cósmico es proceso “progresivo-regresivo”. No hay que olvidar que en el pensamiento platónico el ser humano participa de esta doble condición temporal: por una parte, la linealidad del vivir corpóreo, entre los límites nacer y morir; por otra, el ciclo del alma que retorna permanentemente al lugar originario, hasta concluir –si ello es posible- su proceso purificador.

            El vivir humano, entonces, no sería pura y simple continuidad y linealidad. Si bien el tiempo se mide en meses, días, años, originando fechas irrepetibles, que forman parte de un proceso infinito, también retornan sobre sí: a la hora veinticuatro no sucede la veinticinco; ni al séptimo día, el octavo; ni al mes doce, el trece, etc. La circularidad topográfica encuentra su correlato en el devenir rotatorio temporal. Nuestro domingo evidencia, por ejemplo, la convergencia del carácter reflexivo del espacio y tiempo domiciliarios. Es el día para sí, principio y fin del ciclo cotidiano. En el tiempo de los días laborales –“tiempo ferial”- se vive de cara al mundo, en vista de los quehaceres y urgencias que demanda el existir. El tiempo dominical permite el reencuentro consigo mismo y la suspensión o, al menos, postergación de los trámites. “El días festus –afirma Giannini-, despotenciando la efectividad del mundo, sus urgencias y postergaciones, es por eso mismo la anulación de su esencia tramitadora. Y tal como el domicilio, era el espacio de un simbólico regreso a Sí, el domingo simboliza el tiempo propicio de la disponibilidad de Sí”[19]. Por esto, en domingo la vieja plaza provinciana sudamericana se engalana para constituirse en el espacio propicio para que acontezca el tiempo reflexivo de la ciudad.

            En días de carnaval, de fiestas de fin de año, de celebración del cumpleaños se revela la progresión-regresión temporal, a la vez que su rutina y transgresión. Por una parte, el tiempo avanza irremediable e irrevocable en su dimensión lineal y cronológica; por otra, sólo encuentra sentido ese pasar en el retorno a un momento simbólico. Mythos y  logos marchan de la mano en la historia de Occidente. Aquél, conserva el tiempo cíclico de las viejas culturas, tiempo que deviene hacia su principio, por eso conmemora, restaurando el  tiempo sagrado y primigenio de los orígenes (lo cual es mucho más que recordar; en rigor, es revivir). Logos, a su vez, instaura el proceso histórico que es un perpetuo ir más allá de sí mismo –al futuro- y en que los acontecimientos van y no vuelven. Pero, el logos cristianizado ¿no es acaso la promesa del fin de la historia como retorno al develamiento sagrado originario, Apocalipsis?

            En una obra de 1992, La experiencia moral, Giannini incorpora dos breves y hermosos ‘Apéndices’. En uno de ellos, “Almas domiciliadas y almas callejeras”, analiza la situación de Penélope y Odiseo desde la perspectiva espacio temporal que se comenta. Ella es símbolo del alma domiciliaria en cuanto espera vuelta hacia sí por veinte años, tejiendo de día y destejiendo de noche. Tejer es un modo de mantenerse en la espera, de contar el tiempo, de hacerlo pasar; pero, además, le permite estar ausente del espacio exterior que la llama de múltiples formas, entre otras, a través del cortejo de sus pretendientes. El tejido es el escudo que la defiende de las tentaciones del mundo, como el rosario a los monjes. Penélope representa un modo de ser de la existencia humana y de algunas instituciones (domiciliarias) humanas: la familia, la Patria, la Iglesia. Odiseo, a su vez, es el alma callejera, vagabundo por el gran mar del Ser (Dante), quien se expuso diez años en el regreso a casa, resistiendo el canto seductor de las sirenas, el crepuscular y misterioso vuelo de las lechuzas. Es decir, atento a los mil peligros que lo acechan sin abandonar el proyecto de retorno. El relato poético de ambos es la “historia de un reencuentro (o de un desencuentro) a través de un tiempo que se ha vuelto ruta, vía de acceso para realizar una esperanza común, domiciliaria”[20].

Idea final

            En un tiempo de indiscutida vocación individualista, en el que resuenan por doquier los yo quiero, yo merezco, yo exijo, etc., parece olvidarse la intervención social de su constitución. En todo yo subyace, silencioso y soterrado, un nosotros; esto es, una suerte de coincidencia vinculante que posibilita el reconocimiento de espacios comunes, significaciones compartidas, tiempos coincidentes, que van forjando identidad a la que se regresa cotidianamente, especialmente cuando “no pasa nada”. Si se suma a ello, el creciente intercambio cultural y económico del mundo globalizado, se percibe el riesgo que amenaza los modos de ser tradicionales, no por su potencial desaparición sino porque despojan sin proponer nada a cambio, quedando el ser humano en una suerte de intemperie de creencias, verdades o mundos compartidos. Asimismo, el afán de poder desbocado que se advierte en grupos ideológicos que amenazan en forma permanente romper la convivencia democrática hace necesaria la reflexión que muestre ante los ojos el espacio civil que es el substratum de lo humano.

            Que descansada sería la vida humana si tuviera su ruta prefijada como los astros su órbita, pero no habría historia, ni cambio, ni devenir; sería una eterna repetición de lo mismo. Bendita la hora en que surge el riesgo del extravío en la calle, la crisis política, el conflicto moral, que posibilitan la ampliación de lo público a través del diálogo, del retorno a los orígenes en la plaza; de la comunión en el bar. La rutina sólo se hace llevadera ante la inminencia de la transgresión.

            Y en buena hora, los dioses han puesto los filósofos en el mundo para invitarnos a mirar lo cotidiano con el asombro de una primera vez, y en ello descubrir mucho de lo que nos constituye, pero lo habíamos olvidado.

Francisco Roco Godoy. Dr. En Filosofía. Académico del Departamento de Ciencias Sociales. Profesor de Filosofía Contemporánea y Teoría de la Comunicación  de la carrera de Periodismo en la Universidad de La Serena. [email protected]

NOTAS:

[1] La “Reflexión” Cotidiana. Hacia una arqueología de la experiencia. Editorial Universitaria, Santiago, 1987. p. 43.

[2] p. 15

[3] Loc. cit.

[4] La editorial Lom en convenio con la Universidad Arcis ha reeditado, en 1999, este texto. Las citas de nuestro comentario son tomadas de esta edición.

[5] Ibid. pp. 21 – 22.

[6] La huella más clara que Giannini establece con el pasado filosófico es su Breve Historia de la Filosofía que cuenta a la fecha con 20 ediciones. En ese ámbito también destaca una original obra dramática: Sócrates o el Oráculo de Delfos (1970), reeditada posteriormente como segunda versión con el título La razón heroica (2006).

[7] Del bien que se espera. Del bien que se debe. p. 24.

[8] Ibid. p. 28.

[9] La “Reflexión” Cotidiana p. 82.

[10] Ibid. p. 37.

[11] Ibid. pp. 20, 21.

[12] Ibid. pp. 23, 24.

[13] Loc. cit.

[14] Ibid. p. 27

[15] Ibid. pp. 38-39.

[16] Ibid. p. 61.

[17] Ibid. p. 90.

[18] Ibid. pp. 92 – 93.

[19] Ibid. p. 52.

[20] La Experiencia Moral. Editorial Universitaria, Santiago, 1992. p. 127.

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