Acerca de la verdad: Bunge vs Heidegger

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verdad

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Por Francisco Roco Godoy

 

            A fines de marzo de 2008, el filósofo argentino Mario Bunge (1919) pronunció una conferencia en la Universidad de Barcelona acerca de El enfoque sistémico de los problemas sociales. En esa oportunidad habría criticado duramente –como lo ha venido haciendo desde hace mucho- a las que él califica de pseudociencias: el psicoanálisis, la homeopatía; y a las corrientes filosóficas como el existencialismo, el posmodernismo y la hermenéutica. En una entrevista realizada, en el diario español El país, pocos días después de ese evento y publicada el 4 de abril del mismo año, se le pregunta acerca de esos juicios.

Interroga el periodista: ¿Qué le parece más reprochable de esas escuelas?

Responde Bunge: “Por ejemplo, Heidegger tiene todo un libro sobre El ser y el tiempo. ¿Y qué dice sobre el ser? “El ser es ello mismo”. ¿Qué significa” ¡Nada! Pero la gente como no lo entiende piensa que debe ser algo muy profundo. Vea cómo define el tiempo: “Es la maduración de la temporalidad”. ¿Qué significa eso? Las frases de Heidegger son las propias de un esquizofrénico. Se llama esquizofacia. Es un desorden típico del esquizofrénico avanzado.

Pregunta: ¿Usted cree que Heidegger era un esquizofrénico?

Respuesta: No, era un pillo que se aprovechó de la tradición filosófica alemana según la cual lo incomprensible es profundo. Y por supuesto adoptó el irracionalismo y atacó a la ciencia porque cuanto más estúpida sea la gente tanto mejor se la puede manejar desde arriba. Por esto es por lo que Heidegger es el filósofo de Hitler, su protegido. Pero al mismo tiempo su seudofilosofía es tan abstrusa  que no podía ser popular. De modo que al pueblo se le da una ideología crasa, del suelo, lo telúrico, la sangre, la raza. Y para la élite, fenomenología, existencialismo, esas cosas abstrusas que nadie entiende pero si usted dice que no entiende, pasa por tonto. Si quiere hacer carrera académica tiene que tratar de imitar esos pillos, de lo contrario, se queda atrás…

            Dada la radicalidad de estos juicios, podrían desestimarse sin mayor consideración. Aunque, por otra parte, el peso académico  y la aceptación en el ámbito científico y cultural que goza quien los emite, exigen examinarlos con alguna detención, por una cuestión de ética intelectual, no obstante la brevedad de esta exposición.

            Mario Bunge ha publicado 80 libros, alrededor de 400 artículos. Es doctor honoris causa por lo menos de 16 universidades y distinguido con 4 profesorados honorarios. Es miembro de numerosas sociedades científicas, galardonado con diversos reconocimientos, entre ellos, el Premio Príncipe de Asturias.

            Por dolorosas que resulten las críticas a los seguidores de esas escuelas no debemos obviarlas. Algo temerosos por su currículum, démosle (en principio) la razón a este connacional de Maradona, Gardel y el Papa.

            Aceptemos que sea verdad que “Heidegger era un esquizofrénico”.

            Preguntemos ¿Qué es una enfermedad? Según el Diccionario de la RAE. es una “alteración más o menos grave de la salud”. Una “anormalidad dañosa en el funcionamiento de una institución, colectividad, etc.” Es decir, es una alteración que sufre un órgano (o un organismo) respecto de su función normal. La Organización Mundial de la Salud (OMS), por su parte, considera que “salud es la condición de todo ser vivo que goza de un absoluto bienestar tanto a nivel físico como a nivel metal y social”. En ambas definiciones, está presente la idea de una “función normal”, entendida como el cumplimiento del fin para lo cual algo existe o ha sido creado; o como el grado de eficiencia del metabolismo y las funciones de un ser vivo a escala micro –celular- y macro -social-.

            El supuesto básico de las definiciones es la aceptación incuestionada de que hay allí, en torno del ser humano, un número casi infinito de cosas, eventos, relaciones, ideas, etc., que poseen cualidades que el intelecto humano puede conocer. Cuando el funcionamientote de todo ello se realiza en acuerdo a lo esperable hay salud. Por el contrario, si hay alteraciones –más aún, si son dañosas- hay enfermedad.

            Entre las múltiples tareas de las ciencias asociadas a la medicina se encuentra, desde hace mucho, la de tipificar los síntomas para establecer diagnósticos y, sobre todo, procurar terapias cuando los resultados lo ameritan.

            Bunge, a partir de lo que enseña la actual literatura médica detecta un síndrome esquizofrénico en Heidegger y califica su discurso filosófico como “esquizofacia”.  Si lo afirma un hombre de ciencia apoyado en lo que la ciencia de hoy avala, entonces tiene y debe ser “verdad[1]”.

            Examinemos otro caso. Durante algunos siglos, la homosexualidad fue catalogada como patología psíquica y, por lo tanto, podía y debía ser curada. Sin embargo, en la década del 70 la comunidad científica occidental entra en la sospecha de que no es un trastorno. En 1990, la OMS la elimina de la lista de las enfermedades. Quizá nunca hubo terapia más efectiva, pues en el acto se curaron millones de personas en el mundo.

            Lo curioso de este caso es que la salud se recupera no por una intervención médica destinada a modificar las conductas “morbosas”, sino por una diferente interpretación del síndrome. Es decir, se mantienen los síntomas, lo que se modifica es la tipificación. Paul Watzlawick, el psicoterapeuta austriaco, cuenta que cuando vivía en Bombay le presentaron ciertos swamis, unos hombres sabios y santos que gozan en la India de gran veneración. Sin embargo, al observarlos él no dudaba que en Occidente serían calificados de esquizofrénicos catatónicos.

            Volviendo al caso Heidegger ¿Es o no esquizofrénico? ¿Cuál es la “verdad”?

            Heidegger es tan esquizofrénico como los homosexuales enfermos y como las mujeres el “sexo débil”.

            Bunge es fiel exponente del llamado realismo metafísico. El realismo metafísico, en términos muy generales, es aquella orientación filosófica que postula que el conocimiento es la relación que se establece entre el  pensamiento y la cosa. (“Cosa” es aquí todo aquello susceptible de ser conocido. La palabra “realismo” tiene como raíz el término latino res, cosa). Conocer, desde esta perspectiva, es la adecuación que se produce entre el intelecto y la cosa: adequatio intellectus et rei. Su postulación data de muy antiguo. En el siglo VI a. de C. Parménides propone en un Poema una versión muy elaborada del realismo; afirma en él que “es lo mismo ser y pensar”. Esta expresión posee múltiples sentidos. En relación a lo que interesa por ahora indica que la vía que conduce a la verdad es la racional y que aquello que es se revela únicamente al intelecto. Por lo tanto, un razonamiento lógico, coherente, metódico, contacta al humano con la verdad. Aristóteles, en el siglo IV a. de C., es quien afianza estos supuestos y los hace perdurar de manera indiscutida casi por 2000 años. El realismo, en todo caso, es el sentido común hecho filosofía. Su premisa básica, reiteramos, es que hay un mundo allí que se puede conocer y, asimismo, hay una verdad objetiva e independiente posible de alcanzar. El realismo en su versión extrema quizá deba plantearse como adequatio intellectus re, adecuación del intelecto a la cosa.

            Sólo en el siglo XVII termina su extensa hegemonía con la aparición de René Descartes. Para el filósofo francés el acceso a la verdad se produce mediante la adecuación de la cosa al intelecto, adequatio rei intellectu. Desde esta nueva perspectiva teórica, ser es percibir. Nada hay en el mundo si no es percibido por alguien. La realidad del mundo no depende de sí, sino de mí, de mi mente. Comienza, en este momento, la supremacía de la conciencia por sobre el mundo. Por casi 300 años la filosofía europea es idealista: es la idea depositada en la conciencia humana quien garantiza la verdad. Todo cuanto hay podrá ser sueño, ilusión, espejismos, holograma, ficción; mas no la idea de sueño, espejismo, holograma, etc. porque es algo que la misma conciencia crea y de ello no cabe duda posible.

            No obstante el antagonismo entre realismo e idealismo, tienen un importante elemento común. Ambas teorías aceptan que hay un conjunto de cualidades permanentes, ya radicadas en las cosas, ya en la conciencia, que el humano puede captar y que son manifestación de la “verdad”. Más aún, esta “verdad” es universal y absoluta.

            En el siglo XIX aparecen tres grandísimos pensadores que por distintas vías entran en duda de que aquellas cualidades permanentes identificadas en las cosas y consideradas verdades son sólo interpretaciones. Estos pensadores son Nietzsche, Freud y Marx, quienes son nominados por el francés Paul Ricoeur “escuela de la sospecha”. Ellos desmitifican la interpretación que los filósofos han efectuado del discurso acerca de la “verdad”. No para proponer otra “verdad” en su reemplazo. Su crítica es mucho más radical. Sostienen que, en rigor, “nada hay tras la cortina”, “no hay ningún sustrato, no hay ningún “ser” tras el “hacer” (Nietzsche). Es decir, no hay un sentido oculto que descubrir: el fenómeno es todo (lo cual ya es una interpretación).

            Afirma Nietzsche, al respecto: “No existen fenómenos (hechos) morales, sino sólo una interpretación moral de fenómenos…” (Aforismo108 Más allá del bien y el mal) Con ello quiere indicar que lo moral no es un hecho en-sí, sino una interpretación humana, “demasiado humana”. Por lo tanto, su crítica a la moral de occidente debe entenderse, en rigor, como crítica al discurso que occidente ha hecho de la moral. Del mismo modo, Marx no interpreta la sociedad burguesa, sino la interpretación burguesa de la sociedad y Freud inventa el “Super ego” cuando una enferma interpreta su enfermedad diciendo “siento un perro sobre mí”. Comentando estas ideas Michel Foucault sostiene que “si la interpretación no puede acabarse nunca es, simplemente, porque no hay nada que interpretar. No hay nada de absolutamente primario que interpretar pues, en el fondo, todo es ya interpretación; cada signo es en sí mismo no la cosa que se ofrece a la interpretación, sino interpretación de otros signos”. (Nietzsche, Freud, Marx. 43).

            En este nuevo escenario ¿qué es, entonces, la “verdad”? “Verdad –dice Nietzsche, en el aforismo 534 de La voluntad de poderes el tipo de error sin el cual un determinado tipo de seres vivos no podría vivir. Lo que decide en último término es el valor para la vida”. Los seres vivos a los que se refiere son, por cierto, los humanos. Hay en ellos voluntad de verdad como condición necesaria para la vida, aunque esa verdad sea error. Es decir, la verdad es el error necesario para sobrevivir.

            Esta idea se capta mejor si se tiene en cuenta que el supuesto fundamental de Nietzsche al comprender el lenguaje como interpretación, tropos (metáfora) de lo existente[2]. No existe vínculo necesario y natural entre el signo y su designación. El significado de los conceptos es en su génesis pura arbitrariedad. Si adquiere luego con el uso cierta precisión es resultado de convenciones (nada más y nada menos). Por lo tanto, todo aquello que se construye con y desde el lenguaje es también ficción, poesía, metáfora. En Verdad y mentira en sentido extramoral se pregunta Nietzsche, sin ambages: “¿Qué es entonces la verdad?” “Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora consideradas como monedas, sino como metal”. (25)

            El tema de la verdad en Nietzsche es interesantísimo. Quizá deberíamos detenernos en él. Por ahora dejémoslo aquí. Faltan algunos alcances del “caso Heidegger” que queremos precisar.

            Heidegger recoge muchas intuiciones de Nietzsche que desarrolla de manera prolija, refinada, agudamente elaborada. Sin ápice de menosprecio al filósofo dionisiaco, se puede decir que la profundización de sus ideas es similar a la existente entre  Aristóteles y Parménides.

            En 1941 (¡en plena guerra europea!) Heidegger imparte algunas lecciones sobre Nietzsche. En una de ellas aborda el tema de la verdad y brinda un ejemplo clarificador de su propia comprensión de la verdad más que de la nietzscheana (creo yo). Cuenta que “un periódico americano informa en la primera página con grandes caracteres: `Gran éxito. 38 aviones japoneses abatidos`”[3]. Por su parte, el Cuartel General Imperial japonés informa “hasta ahora hemos perdido 38 aviones”. “Después de todo –comenta Heidegger- el periódico americano dice la verdad (…) La frase rectora `38 aviones japoneses abatidos`  es “incondicionalmente verdadera”, pues (…), se corresponde con el hecho de que, en efecto, en realidad, 38 aviones han sido destruidos”. Sin embargo, el periódico norteamericano no informa lo que destaca el Cuartel General japonés: han sido destruidos “96 aviones americanos”.

            Sostiene luego Heidegger: “LA FRASE ES CORRECTA, PERO NO ES “INCONDICIONALMENTE VERDADERA”, SINO SÓLO CON LA CONDICIÓN DE QUE SE ESTÉ HABLANDO DE LO MENCIONADO Y DE QUE A ESTO MENCIONADO SE LO TOME COMO `LO REAL EN SU CONJUNTO`”.

            Desde 1927 –desde Ser y Tiempo-, y probablemente desde mucho antes, Heidegger desarrolla la idea de que el ser se dona -se revela, se manifiesta, alumbra, “destella”- en el tiempo, y se dona en los entes (del modo más evidente) como presencia presente. Esta presencia presente –lo que algo es aquí, ahora, en esta condición y desde esta perspectiva es lo que tradicionalmente ha sido interpretado como “verdad”. Sin embargo, Heidegger prefiere nominarlo “corrección”. “Correcto”, por lo tanto, es aquello que el “pensar calculante” descubre y cuantifica en una dimensión de realidad, y ese fragmento es considerado como lo real en su conjunto. Es decir, la “verdad” es un modo de desplegar el ser en el tiempo. No alumbra toda a la vez ni de manera absoluta (como acontece la vida: de despliega en tanto se vive).

            Heidegger recuerda que el nombre originario para la filosofía es alétheia; es decir, des-ocultamiento, des-cubrimiento, des-velamiento. Esta acción sólo es posible desde la léthe, desde lo oculto. Quien cree develarlo todo incurre en un error de perspectiva: a cada saber se revela una porción de realidad; en la medida en que abolutiza la parte, es falso. La léthe es una suerte de “reserva ontológica” a disposición de las generaciones futuras, en un proceso eternamente inacabado. (En el ejemplo citado, es “verdad” que 38 aviones japoneses han sido destruidos”, pero no es toda la “verdad”. En este caso, lo oculto es manejado a voluntad. En la dimensión del ser es imposible, porque el humano no es “el señor del ser”, a lo sumo su pastor).

Para el filósofo de Friburgo, el ser humano no piensa aún en lo más meditable. Lo más meditable es lo oculto, aquella dimensión de nada, de enigma y misterio que mantiene en vilo el pensar. Esta carencia se produce no por una incapacidad humana, los instrumentos con que cuenta el pensar actual no lo posibilitan. La razón lógica, físico-matemática, la ratio, constituida desde el principio de razón, desde el principio de no contradicción, desde el tercero excluido, etc. encaminan a lo “correcto” más que a la verdad.

            Del titánico esfuerzo de Heidegger por renovar la ciencia y la filosofía dan cuenta los 64 volúmenes publicados de los 70 que se tienen considerados para sus obras completas. (Si les interesa el tema les recomiendo una conferencia de 1966: “El fin de la filosofía y la tarea del pensar”).

            Pues bien, los filósofos suelen hablar mucho sin nunca llegar a nada –con mayor razón los filosofillos, aspirantes a filósofos, los profesores de filosofía. Tratemos de concluir la anécdota de la cual partimos.

            ¿Es o no “verdad” que Heidegger es esquizofrénico? Si no es “verdadera” la afirmación ¿será al menos “correcta”?

            Creemos que ni lo uno ni lo otro. Bunge no logra siquiera vislumbrar el sentido del pensar heideggeriano. Las filosofías que ambos sustentan se encuentran en las antípodas. Bunge no es, en rigor, realista metafísico, más bien un positivista a ultranza. Su indagación se atiene a lo dado, al dato empírico, a lo comprobable. Desde esa posición no logra percibir lo que se revela como ausencia y enigma, el ser. Por lo tanto, al no captar la renovación filosófica de Heidegger, ni siquiera puede refutar su pensamiento, por ello recurre –no sé si conciente o inconcientemente- al antiguo argumentum ad hominem: no refuta el argumento, sino desacredita a quien lo dice. Esto, desde Aristóteles, ya es tipificado como falacia. (Quizá podríamos decir que la afirmación de Bunge “Heidegger era un esquizofrénico” es una no-verdad; esto es, un error, lo cual es una verdad –que es error-. Pero ni aún así es posible porque descontextualiza algunas afirmaciones –que tienen un sentido distinto a lo que él supone y que tampoco refuta –refuta al emisor. Juzga un supuestos que desde su perspectiva positivista no vislumbra).

            La verdad es una tarea por hacer, un misterio que se descifra en tanto se vive. Como el humano no es omnisciente ni ubicuo y jamás podrá captar lo real en su conjunto, le bastan aquellas mentiras necesarias para sobrevivir y ojalá ser feliz.

[1]No soy especialista en temas médicos, ni científicos –en rigor, no soy especialista en nada. Sin embargo, he leído al respecto, con gran interés, un libro del recientemente desaparecido psiquiatra chileno Sergio Peña y Lillo –El enigma de lo poético- en quetrata el tema de cierta poesía en la esquizofrenia. Algo similar al trastorno de Heidegger.

Otros libros recomendables de Peña y Lillo son El príncipe de la locura y Las fobias.

[2] Un tropo es la sustitución de una expresión por otra cuyo sentido es figurado. Se trata de un término propio de la retórica que proviene del griego τρόπος, trópos, que significaba «dirección». En este sentido, el tropo es el cambio de dirección de una expresión que se desvía de su contenido original para adoptar otro contenido.

[3] Cfr. Ejercitación en el pensamiento filosófico. Herder, Barcelona, 2011. pp. 33 y ss.

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